En el segundo caso, la guerra —entendida como inversión en distintas escalas territoriales— nos coloca en el centro de la apropiación, la penetración del poder y la desmoralización de quienes se oponen a él.
Aun así, nuestra memoria no ha sido traicionada. Reanudamos múltiples luchas: desde quienes caminan kilómetros para conseguir agua para sus comunidades, pasando por quienes liberan de la cárcel a animales no humanos o cuestionan las actitudes patriarcales cotidianas, hasta quienes deciden atacar directamente las instalaciones donde se resguarda la clase política y económica dominante.
Ponemos la olla comunitaria en medio de las insurrecciones y levantamos barricadas en las universidades. Impulsamos discusiones sobre espacios libres de violencias, guardias feministas y libertades pensadas desde una perspectiva interseccional. Al mismo tiempo, tejemos vínculos que hoy se convierten en semillas de resistencia frente al narco, el tombo y el paramilitarismo.
Nuestro llamado sigue siendo el mismo que en tiempos pasados. Mientras algunas intentan salvar las esquirlas del reformismo bajo nombres como poder popular, democratización o gobierno feminista, nosotras continuamos en los barrios, en organizaciones de base y en grupos informales, profundizando el conflicto como única vía para una convicción verdaderamente revolucionaria: abortar al facho, liberar la tierra y luchar por ella.
Compañeras: que el amor romántico no se transforme en tu militancia. Esperar el cambio es renunciar a vivirlo. Justificar el paternalismo con rostro de vanguardia solo retrasa el resquebrajamiento de las contradicciones. Votar por un cambio de mando no cambia el rostro de quien mañana podría encerrarte.
Es hora de prepararnos para defendernos, irrumpir y golpear con la fuerza de una mente clara y un corazón en llamas.
POR LA ANARQUÍA, NADA MENOS
NI PARTIDO, NI PATRÓN, NI MARIDO
ULET (Federación Regional de Cundinamarca)
