Lucia Sanchez SaornilLucía Sánchez Saornil (1895–1970) fue una poeta, escritora y feminista anarquista española. Militó en la CNT, pero fue crítica con las actitudes sexistas de muchos anarquistas españoles. Ayudó a fundar el grupo feminista anarquista Mujeres Libres en abril de 1936, una organización confederal de mujeres anarquistas españolas que desempeñó un papel importante en la Revolución y la Guerra Civil españolas (1936–1939). Los siguientes fragmentos proceden de su artículo «La cuestión femenina en nuestras filas», publicado originalmente en el periódico de la CNT Solidaridad Obrera, septiembre-octubre de 1935 (reimpreso en Mujeres Libres. España, 1936–1939, Barcelona: Tusquets, 1976, ed. Mary Nash). Traducción de Paul Sharkey.

No basta con decir: «Hay que dirigir nuestra propaganda a las mujeres y atraerlas a nuestras filas»; hay que ir mucho más allá, muchísimo más allá. La inmensa mayoría de los compañeros —salvo media docena de bien pensantes— tiene la mente infectada por los prejuicios burgueses más típicos. Mientras arremeten contra la propiedad, son rabiosamente propietaristas. Mientras despotrican contra la esclavitud, son los más crueles “amos”. Mientras descargan su furia contra el monopolio, son los monopolistas más empedernidos. Y todo ello deriva de la noción más falsa que la humanidad haya logrado concebir jamás: la supuesta “inferioridad de la mujer”. Una idea errónea que bien puede haber retrasado la civilización durante siglos.

El esclavo más humilde, al cruzar el umbral de su casa, se convierte en señor y amo. Su menor capricho se vuelve orden inapelable para las mujeres de su hogar. Aquel que, diez minutos antes, tenía que tragarse la amarga píldora de la humillación burguesa, se yergue como un tirano y hace tragar a esas infelices criaturas la amarga píldora de su supuesta inferioridad…

En más de una ocasión he conversado con un compañero que me parecía bastante sensato y al que siempre había oído insistir en la necesidad de una presencia femenina en nuestro movimiento. Un día se celebraba una charla en el Centro y le pregunté:

—¿Y tu compañera? ¿Cómo es que no vino a la charla?

Su respuesta me heló.

—Mi compañera tiene bastante con cuidarme a mí y a mis hijos.

En otra ocasión me hallaba en los pasillos del juzgado con un compañero que ocupa un cargo de responsabilidad. De una de las salas salió una abogada, quizá defensora de algún proletario. Mi acompañante le lanzó una mirada de soslayo y murmuró, con una mueca resentida en los labios: «A las de su clase las mandaría a paseo».

¿Cuánta tristeza encierran esos dos episodios, en apariencia tan banales?

Sobre todo nos dicen que hemos pasado por alto algo de gran importancia: que mientras concentrábamos todas nuestras energías en el trabajo de agitación, descuidábamos el aspecto educativo. Que nuestra propaganda para atraer a las mujeres debería dirigirse, no a las mujeres, sino a nuestros propios compañeros. Que debemos empezar por desterrar de sus cabezas esa noción de superioridad. Que cuando se les dice que todos los seres humanos son iguales, “seres humanos” incluye también a las mujeres, aunque estén hasta el cuello de trabajo doméstico y rodeadas de cacerolas y animales. Hay que decirles que las mujeres poseen un intelecto como el suyo y una sensibilidad viva y un anhelo de superación; que antes de poner la sociedad en orden deberían poner en orden su propio hogar; que lo que sueñan para el futuro —igualdad y justicia— deben practicarlo aquí y ahora con quienes comparten su casa; que es absurdo pedir a la mujer que comprenda los problemas de la humanidad si antes no se le permite mirarse a sí misma, si él no se asegura de que la mujer con la que comparte su vida tome conciencia de su individualidad; si, en suma, no se le reconoce primero la condición de individuo…

Hay muchos compañeros que honestamente desean que la mujer aporte su esfuerzo a la lucha; pero ese deseo no nace de ningún cambio en su idea sobre la mujer; buscan su cooperación como un factor que podría augurar la victoria, como una contribución estratégica, por así decirlo, sin dedicar un instante a la autonomía femenina ni dejar de considerarse el centro del universo…

Tengo grabado en la memoria un mitin sindical de propaganda en el que participé. Tuvo lugar en una pequeña ciudad de provincias. Antes de comenzar el acto se me acercó un compañero, miembro del Comité Local más importante… Tras su entusiasmo fogoso por la “sublime misión” de la mujer se traslucía, claro y preciso, el argumento tosco sostenido por Oken —con quien sin duda no estaba familiarizado, pero al que lo unía el hilo invisible del atavismo—: «La mujer no es más que el medio y no el fin de la naturaleza. La naturaleza no tiene más fin, más objeto, que el hombre».

…Se quejaba de algo que, a mi entender, era motivo principal de satisfacción: que las mujeres hubieran roto con la tradición que las mantenía como dependientes de los hombres y hubieran salido al mercado de trabajo en busca de independencia económica. Eso le dolía y a mí me alegraba, porque sabía que el contacto con la calle y con la actividad social proporcionaría un estímulo que acabaría activando su conciencia de individualidad.

Su queja había sido la queja universal de unos años antes, cuando las mujeres abandonaron por primera vez el hogar para ir a la fábrica o al taller. ¿Podía deducirse de ello que se trataba de un daño para la causa proletaria? La incorporación de la mujer al trabajo, coincidiendo con la introducción de la maquinaria en la industria, no hizo sino agudizar la competencia laboral y, como resultado, provocar una caída apreciable de los salarios.

Desde una visión superficial diríamos que los obreros tenían razón; pero si, siempre dispuestos a ahondar en la verdad, exploramos el núcleo del problema, hallaremos que el desenlace podría haber sido muy distinto si los obreros no se hubieran dejado arrastrar por su hostilidad hacia las mujeres, basada en una supuesta inferioridad femenina.

La lucha se planteó sobre la base de esa supuesta inferioridad y se toleraron salarios más bajos y la exclusión de las mujeres de las organizaciones de clase con el argumento de que el trabajo social no era la vocación femenina; y sobre ello se edificó una competencia ilícita entre los sexos. La mujer operaria de la máquina encajaba bien con la visión simplista de la mente femenina de aquellos días y así comenzaron a emplear a mujeres que, habituadas durante siglos a la idea de su inferioridad, no intentaban poner límites a los abusos capitalistas. Los hombres se vieron relegados a las tareas más duras y a las habilidades especializadas.

Si, en lugar de comportarse así, los obreros hubieran ofrecido a las mujeres apoyo, despertando en ellas el estímulo y elevándolas a su mismo nivel, incorporándolas desde el inicio a las organizaciones de clase, imponiendo a los patronos condiciones iguales para ambos sexos, el resultado habría sido muy distinto. Momentáneamente, su superioridad física les habría dado ventaja en la elección del empleo, pues al empresario le costaría lo mismo contratar a una persona fuerte que a una débil; y en cuanto a la mujer, se habría despertado su deseo de superación y, unida a los hombres en las organizaciones de clase, juntos podrían haber avanzado grandes y más rápidos pasos por el camino de la liberación…

En la actualidad, la teoría de la inferioridad intelectual de la mujer ha quedado obsoleta; un número considerable de mujeres de toda condición social ha demostrado en la práctica la falsedad de ese dogma, podríamos decir, exhibiendo la excelente calidad de sus talentos en todos los ámbitos de la actividad humana…

Pero justo cuando el camino parecía despejado, un nuevo dogma —esta vez con apariencia de fundamento científico— se interpone en el camino de la mujer y levanta nuevas barreras contra su progreso…

En lugar del dogma de la inferioridad intelectual tenemos ahora el de la diferenciación sexual. La cuestión ya no es, como hace un siglo, si la mujer es superior o inferior; se sostiene que es diferente. Ya no se trata de un cerebro más pesado o más ligero, de mayor o menor volumen, sino de órganos esponjosos llamados glándulas secretoras que imprimen un carácter específico al niño, determinando su sexo y, con ello, su papel en la sociedad…

Según la teoría de la diferenciación, la mujer no es más que un útero tiránico cuyas oscuras influencias alcanzan incluso los recovecos más profundos del cerebro; toda la vida psíquica de la mujer obedece a un proceso biológico y ese proceso biológico es, sencillamente, la gestación… La ciencia ha retocado los términos sin tocar la esencia de ese axioma: «nacer, gestar y morir». Todo y nada más que el horizonte femenino.

Evidentemente se ha intentado envolver esta conclusión en nubes doradas de elogio. «La misión de la mujer es la más culta y sublime que la naturaleza ofrece», se nos dice; «es la madre, la guía, la educadora de la humanidad futura». Mientras tanto, se habla de dirigir cada uno de sus pasos, toda su vida, toda su educación hacia ese único objetivo: el único acorde con su naturaleza, al parecer.

Así volvemos a ver juntas las nociones de mujer y maternidad. Aunque me equivoqué: ya tenemos algo peor: la noción de maternidad eclipsando la de mujer, la función aniquilando al individuo.

Podría decirse que a lo largo de los siglos el mundo masculino ha oscilado, en su trato con la mujer, entre las dos nociones extremas de prostituta y madre, de lo abyecto a lo sublime, sin detenerse en lo estrictamente humano: la mujer. La mujer como individuo, como ser racional, reflexivo y autónomo…

La madre es el producto de la reacción masculina contra la prostituta que toda mujer representa para él. Es la deificación del útero que lo albergó.

Pero —y que nadie se escandalice, pues estamos entre anarquistas y nuestro compromiso esencial es llamar a las cosas por su nombre y derribar todas las ideas erróneas, por prestigiosas que sean— la madre como valor social no ha sido hasta ahora más que la manifestación de un instinto, un instinto tanto más agudo cuanto que la vida de la mujer ha girado exclusivamente en torno a él durante años; pero instinto al fin y al cabo, salvo que en algunas mujeres superiores haya adquirido la categoría de sentimiento.

La mujer, en cambio, es un individuo, un ser pensante, una entidad superior. Al centrarse en la madre se pretende desterrar a la mujer cuando podría haber mujer y madre, porque la condición de mujer nunca excluye la maternidad.

Se desprecia a la mujer como factor determinante de la sociedad, asignándole el papel de factor pasivo. Se desprecia la contribución directa de una mujer inteligente en favor de su quizá torpe descendencia masculina. Repito: hay que llamar a las cosas por su nombre. Las mujeres son mujeres antes que nada; solo siendo mujeres se tendrán las madres que se necesitan.

Lo que realmente me escandaliza es que compañeros que se dicen anarquistas, quizá deslumbrados por el principio científico en que el nuevo dogma pretende apoyarse, sean capaces de sostenerlo. Al verlos me asalta esta duda: si son anarquistas, no pueden ser auténticos; y si son auténticos, no son anarquistas.

Bajo la teoría de la diferenciación, la madre equivale al obrero. Para un anarquista, ante todo el obrero es un hombre, y ante todo la madre debe ser una mujer (hablo en sentido genérico). Porque para un anarquista, el individuo es lo primero…

Lamentablemente, las campañas por una mayor libertad sexual no siempre han sido bien comprendidas por nuestros jóvenes compañeros, y en muchos casos han atraído a nuestras filas a numerosos jóvenes de ambos sexos a quienes la cuestión social les importa bien poco y que solo buscan una oportunidad para sus propias aventuras amorosas. Hay quienes han entendido esa libertad como una invitación al desenfreno y miran a cada mujer que pasa como un objetivo para su apetito…

En nuestros centros, raramente frecuentados por mujeres jóvenes, he observado que las conversaciones entre los sexos rara vez giran en torno a una cuestión, y menos aún a un asunto laboral; en cuanto un joven se encuentra frente a alguien del sexo opuesto, la cuestión sexual lo domina todo y el amor libre parece ser el único tema de conversación. He visto dos tipos de respuesta femenina. Una, la rendición inmediata a la sugerencia; en cuyo caso no pasa mucho tiempo antes de que la mujer acabe convertida en juguete de los caprichos masculinos y se aleje por completo de cualquier conciencia social. La otra es el desencanto: la mujer que llegó con ambiciones y aspiraciones más elevadas se marcha decepcionada y termina retirándose de nuestras filas. Solo unas pocas mujeres de carácter fuerte, que han aprendido a valorar las cosas por sí mismas, logran resistir.

En cuanto a la respuesta masculina, sigue siendo la de siempre, pese a su alardeada educación sexual, y esto se hace patente cuando, en diversos enredos amorosos con la mujer a la que considera “compañera”, el Don Juan se transforma en un Otelo y la mujer —si no ambos— se pierde para el movimiento…

En última instancia, mi opinión meditada es que la resolución de este problema solo puede hallarse en una correcta resolución de la cuestión económica. En la revolución. Y en ningún otro lugar. Todo lo demás no sería más que llamar a la vieja esclavitud por un nombre nuevo.


Source: MujeresLibres

Laisser un commentaire