¡Buenaventura Durruti: 89 años después de su muerte, Durruti no es un nombre para glorificar, es un ejemplo a seguir, como otros, por ejemplo Lucía Sánchez Saornil. Nunca buscó brillar, ni convertirse en un símbolo, incluso rechazó el culto a la personalidad. Su vida fue acción directa: defender a los trabajadores, apoyar a los oprimidos, compromiso de vida con el anarcosindicalismo. Puso su energía donde importaba, no para los aplausos, ¡sino por el colectivo!

La España en la que creció estaba aplastada por la miseria y el poder de la burguesía. Él eligió la vía de la acción directa y de la organización colectiva. Con la CNT y la FAI, participó en la construcción de fábricas autogestionadas, comunas libres y milicias populares. Demostró que la libertad no se mendiga, no se vota, se toma. Cada decisión, cada gesto debía abolir el poder estatal.

Durante la revolución social, sus acciones no fueron “hazañas” heroicas para celebrar. Fueron actos concretos: liberar ciudades, autoorganización social, crear estructuras de solidaridad. Cada fábrica recuperada, cada comité autogestionado, cada milicia formada mostraba lo que realmente quería: un mundo donde la libertad y la igualdad no sean palabras, sino prácticas.

Rendir homenaje a Durruti hoy no es poner una estatua ni leer su nombre en libros. Es continuar la lucha. Es apoyar la acción directa, la organización colectiva, la solidaridad entre quienes rechazan la explotación y la dominación capitalista. La revolución no es una idea, es un acto. Continúa en cada asamblea, en cada iniciativa, que es una lucha contra el Estado y el capitalismo.

89 años después, su legado no está en conmemoraciones, está en la resistencia viva contra toda autoridad. Cada lucha, cada acción directa, cada intento de autogestión prolonga lo que él sembró. ¿Respeto por Durruti? Se demuestra en la acción, no en la admiración. Sin héroes, sin culto a la personalidad. ¡Solo la lucha por la concreción de la anarquía!

¡Viva la revolución social!

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