¿Habría que buscar siquiera demostrar que el amor sólo puede ser libre, cuando los pintores nos lo representan con los rasgos de un niño alado, y los poetas en sus cantos alegres, fantásticos o tristes nos lo muestran caprichoso, voluble, cambiante, siempre en busca de horizontes nuevos y de sensaciones inéditas?

… ¡El amor es un hijo de la Bohème!

Y es verdad. Ninguno de nosotros puede responder de la estabilidad del amor. Más que todos los demás sentimientos del ser humano, es cambiante y fugaz porque no es sólo una afectación del corazón, sino también un deseo de los sentidos y una necesidad física.

Que no se confunda el amor con el matrimonio. El matrimonio es una convención social; el amor es una ley natural. El matrimonio es un contrato; el amor es un beso. El matrimonio es una prisión; el amor es un épanouissement (florecimiento). El matrimonio es la prostitución del amor.

Para que conserve su belleza y su dignidad, el amor debe ser libre; y solo puede ser libre si está regido por su propia ley. No puede haber, en esta materia, consideraciones de orden material o moral : dos seres se aman, se desean, se lo dicen; deben tener el derecho de darse el uno al otro sin que ninguna razón ajena a su deseo se interponga ; así como deben tener el derecho absoluto de separarse el día en que ya no se desean.

Y no digo: «el día en que ya no se aman»; sino el día en que han dejado de desearse mutuamente. Porque estas son dos cosas bien distintas. Se puede dejar de desear a una mujer y seguir amándola; se puede ya no querer al amante y permanecer fiel al amigo. Esto es un caso de psicología demasiado bien conocido para que insista ; pero el enfoque en el que quiero insistir es el que concierne a la mujer.

Para la mujer se admite generalmente que su vida sexual es nula o está subordinada a la del compañero — legal o no — que ha elegido. Ella debe vivir y sentir por él; ser apasionada si él lo es, permanecer neutra si él está frío. Hasta hoy, el hombre ha considerado que el deseo sensual debía regirla esencialmente, negándose a reconocer en la mujer un ser moral y físicamente organizado como él mismo.

Es esta cuestión la que abordaré primero, en este estudio sobre el Amor Libre.

Dije anteriormente que, para estudiar bien las grandes leyes naturales, era útil remontarse a las fuentes primitivas, estudiar la naturaleza en la vida animal.

Pues bien, en los animales, la hembra tiene una vida sexual propia; tiene necesidades sexuales, deseos sexuales, que satisface con la misma libertad, la misma regularidad que el macho.

Ahora bien, nadie negará que las leyes fisiológicas que rigen el animal son las mismas para el hombre. ¿Por qué entonces, en ese caso, no se admite para la mujer la misma similitud fisiológica entre ella y el animal, que la que se admite existe entre el animal y el hombre? ¿Por qué negar a la mujer una vida sexual propia? ¿Por qué hacer del amor una necesidad exclusiva del hombre?

Hasta hoy, erigiéndose en maestro en esta cuestión como en otras, el hombre ha respondido: «Porque la mujer no tiene necesidades; porque ella no desea, porque no sufre la privación de satisfacciones carnales.»

Pero ¿qué sabe él, el hombre, si la mujer no tiene necesidades? ¿Quién entonces mejor que la mujer misma puede juzgar y decidir?

Para mí aún tengo presente esta frase de un médico: «El celibato de la mujer es tan monstruoso como el del sacerdote. Condenar a las mujeres a la continencia es una iniquidad, pues es impedir el desarrollo integral del ser femenino.»

Así, pues, de la admisión de este médico, la virginidad demasiado prolongada de la mujer provoca una detención en su evolución intelectual y física.

Luego, si existen realmente mujeres que no tienen necesidades, mujeres frías, sin deseos de los sentidos — ¿qué demuestra eso? También hay hombres refractarios a la sensualidad. Pero no es esa la mayoría; y permítaseme declarar que tampoco es la mayoría de las mujeres, aquellas que son refractarias al amor.

Además, actualmente, con el tipo de educación que recibe, la mujer misma es mala jueza de sus sensaciones y deseos. Ella no analiza su vida interior; a menudo sufre sin saber por qué.

La virgen exuberante de salud, cuyo ardiente sangre quema sus sienes y enrojecen sus labios, quizá no sabrá que es la virginidad la que la hace nerviosa, soñadora, inquieta. Quizá no sabrá que es la necesidad de amor la que la hace llorar o reír sin motivo; pero porque no sabe definirla, no deja de ser verdad que es esa ley natural de amor la que la trabaja.

Bruscamente, lo que ella ignora, se lo enseñará el matrimonio; el matrimonio, hacia el que habrá ido a ciegas, porque habrá simplemente invocado dos brazos de cuna donde hallar un refugio; luego cuando al fin “sepa”, cuando, iniciada a la vida sexual, su carne se haya vuelto conscientemente vibrante, advertirá que está ligada a un hombre a quien quizá ya no amará. Y, según su temperamento, irá al amante y se resignará al deber conyugal.

Y si se resigna, si acepta el deber sin amor, aunque confesara a los otros y a sí misma que no tiene deseos, que no experimenta ninguna necesidad carnal, engañará simplemente a los demás y a sí misma. La necesidad carnal habrá existido en ella, pero no habiendo encontrado el ambiente necesario para su épanouissement, se atrofió y durmió. Si esa misma mujer hubiese vivido la vida libre; si, abandonando al compañero que no respondía a sus deseos, se hubiera ido a aquel que le hubiese hecho vivir completamente su vida de amante, es muy probable que no se hubiera vuelto una mujer fría.

En nuestras costumbres actuales es mucho más fácil para un hombre juzgar si es “frío” o no. Libre para dar curso a sus deseos, podrá conscientemente — tras haber pasado por los brazos de varias mujeres — declararse a favor o en contra de la sensualidad. Pero la mujer — condenada a conocer sólo un hombre — no puede en realidad saber si lo que no ha experimentado en los brazos de ese hombre, lo habría experimentado en los brazos de otro.

Por consiguiente, es imposible decir exactamente lo que son las mujeres en cuanto a la sensualidad. Sin embargo, si uno observa de nuevo la vida animal, se constatará que la anomalía de la no-sensualidad aparece rara vez en la hembra. Nunca aparece en las especies salvajes; y si aparece a veces en las especies domesticadas, es porque la domesticación las ha deformado. Además podemos observar que la perra, privada de satisfacción sexual, se marchita, decae y acorta en un cuarto su vida.

No hay duda de que si la mujer viviera normalmente; si ella también no hubiera sido deformada por la constricción física y moral, no hay duda de que el número de mujeres “frías” sería mucho más reducido. Sin embargo yo estimo que aun si sólo cincuenta por ciento de mujeres son verdaderamente sensuales, esas cincuenta tienen derecho a una vida íntegra, y es simplemente injusto condenarlas a la mutilación de una parte de sí mismas, por la simple razón de que existen cincuenta perfectamente satisfechas de su destino. La libertad absoluta en el amor — tanto para la mujer como para el hombre — no es sino la justicia elemental. Esto no fuerza a las “frías” a convertirse en apasionadas; pero les permitirá a las apasionadas no sufrir en la cautividad de las leyes convencionales y sociales.

Dije al principio que no se debía confundir el amor con el matrimonio. Bien, antes de abandonar el terreno fisiológico, iré incluso más lejos y diré que no se debe confundir el amor con el deseo.

El amor es la comunión completa de dos cerebros, de dos corazones, de dos sensualidades. El deseo es solamente el capricho de dos epidermis que un mismo estremecimiento de voluptuosidad une. Nada es más pasajero e inestable que el deseo, sin embargo ninguno de nosotros escapa a él. Si todas las mujeres quieren ser sinceras consigo mismas, admitirán que les ha sucedido a veces dar virilmente a un hombre a quien sólo habían visto unas horas — incluso un breve instante — y de cuyo sentir e incluso nombre ignoraban. Pero bastó una presión de manos, el intercambio de una mirada, la emisión de la voz misma, para que naciera el deseo; y, lo quiera o no, la mujer que habrá sentido deseo pertenecerá al hombre desconocido de ayer, quien no la poseerá y a quien olvidará mañana.

No podemos ser más amos del deseo carnal que de los tirones de nuestro estómago. Ambos son inherentes a nuestro ser físico; son el resultado de dos necesidades naturales igualmente legítimas una que otra. El hambre no se domina: se sacia.

Y aún insisto en la diferencia del amor y del deseo porque siempre estamos de parte de confundirlos, de asimilarlos, y esa confusión trae a menudo resultados desafortunados y tristes.

«El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» — dice la Escritura. Ciertamente, sí, la carne es débil. ¿Qué hace falta para que el deseo se convierta en acto? ¿Y ese acto se realiza siempre voluntaria y conscientemente? Hay horas en que la noción de las cosas reales desaparece en nosotros, donde nada más existe en nosotros que la sensación del momento.

Los que han vivido en medio de la Naturaleza lo saben perfectamente cuando en primavera la savia sube por las ramas, cuando los efluvios de vida brotan por todas partes del suelo, del sol, de los bosques y las plantas; el deseo también corre bajo la piel y hace vibrar los pechos. Y en las pesadas tardes de verano, cálidas y perfumadas, ¿quién negará que la necesidad de voluptuosidad no sea entonces más intensa? Ve, los apasionados que por tales tardes han estado solos, saben bien lo que han sufrido por su soledad esas tardes.

Ahora bien, si hay días y horas en que la sensualidad está de algún modo exacerbada, nada de extraño que «la carne sea débil». Basta para ello que el azar cómplice ponga frente a frente dos individuos de sexos distintos.

Pero eso no es amor; es simplemente deseo. Deseo que a veces viste todas las apariencias del amor; pero que, saciado, deja a los dos amantes perfectamente extraños el uno al otro, del modo como el hambriento se va sin remordimiento de la mesa cuando su hambre está apaciguada. Que nadie saque de esta última frase que condeno el deseo. ¿Por qué lo condenaría, ya que acabo de demostrar que está ligado naturalmente a nuestra vida sexual? Lo que sólo quería era establecer claramente la diferencia entre deseo y amor.

Así pues, matrimonio, amor, deseo son tres cosas distintas:

— El matrimonio es la cadena que retiene al hombre y a la mujer prisioneros el uno del otro.
— El amor es la comunión integral de los dos.
— El deseo es el capricho de dos sensualidades.

Dejo el matrimonio, del cual soy adversaria, para volver a la cuestión del amor libre.

He dicho que el amor debe ser absolutamente libre, tanto para la mujer como para el hombre; y añado todavía: el amor no puede verdaderamente existir sino a condición de ser libre. Sin la libertad absoluta, el amor se convierte en prostitución, sea cual sea el nombre que se le dé.

El hecho de vender su cuerpo por un precio más o menos elevado, a una numerosa clientela, no constituye sólo la prostitución. La prostitución no es solamente el apanaje de la mujer, el hombre también se prostituye. Se prostituye cuando, con algún fin de interés cualquiera, da caricias sin sentir deseo.

No sólo el matrimonio legal es prostitución cuando es una especulación de uno de los cónyuges sobre el otro, sino que lo es siempre, ya que la virgen ignora lo que hace al casarse. En cuanto al deber conyugal, no es ni más ni menos aún que prostitución.

Prostitución, la sumisión al marido; prostitución, la resignación y la pasividad.

Prostitución aún, la unión libre, cuando pasa del amor al hábito.

Prostitución, finalmente, todo lo que acerca los sexos fuera del deseo y del amor.

Una de las razones por las cuales el amor debe ser absolutamente libre es precisamente esta similitud del amor y del deseo de la que hablaba más arriba, al pedir que no se confundan los dos términos.

Racionalmente, ¿pueden dos seres contratar un compromiso cualquiera cuando les es imposible saber si podrán cumplirlo? ¿Se tiene derecho a ligar dos elementos cuando se ignora qué afinidad existe entre ellos? En el matrimonio legal siempre hay una engañada: la mujer, y a veces un desengañado: el marido, que no encuentra en la esposa aquella que había creído adivinar. Y sin embargo, ahí están atados el uno al otro.

Y aun cuando el matrimonio pudo tener por base el amor recíproco, no por ello deja de convertirse en poco tiempo en una carga para ambos esposos. Es que ese amor no era sino un deseo que la posesión extinguió; y si ambos cónyuges se hubieran dado libremente, antes de la legalización, la experiencia habiendo demostrado que no estaban hechos para la vida común, es muy probable que esa legalización no se habría producido. Esto es una prueba a favor de la necesidad del amor libre.

De un deseo puede nacer el amor, pero nunca se puede afirmarlo. Cuando el amor llega a los sentidos después de haber pasado por el corazón y el cerebro, tiene muchas más probabilidades de durar; pero cuando tiene por base solamente el deseo sexual, corre gran riesgo de extinguirse pronto si durante su existencia no pudo ganar el cerebro y el corazón.

Finalmente — ya que hago un estudio analítico, debo ir hasta el fondo de la verdad — diré que el deseo sexual solo puede unir a dos seres durante mucho tiempo sin jamás dar origen al amor completo.

Un hombre y una mujer pueden tener relaciones íntimas, sin estar nunca unidos por otra cosa que ese deseo sexual. Sus sentimientos y pensamientos pueden estar en perfecto desacuerdo, mientras que sus cuerpos vibran al unísono.

Y esto — insisto en que lo observo — no puede en modo alguno compararse con la prostitución, puesto que el sentimiento que une a esos dos individuos — aunque sea exclusivamente sensual — es sincero de ambas partes. No puede haber prostitución sino allí donde hay venta, coacción, ignorancia o pasividad. No es el caso, puesto que los dos amantes están atraídos uno hacia otro por la misma sensación, y que experimentan placer y satisfacción en la unión libremente aceptada de ambas partes.

Pero la verdad de lo que acabo de exponer conduce a la condena de la monogamia. En efecto, de la diversidad de los sentimientos nace la diversidad de los deseos, y si se admite esa diversidad como ley esencialmente natural ya no se puede sostener la ley monogámica. La monogamia es también un género de prostitución: prostitución del hombre a la mujer y de la mujer al hombre.

Por lo tanto sólo puede existir en esta cuestión de la vida sexual de los individuos una sola ley y una sola moral para los dos sexos: la libertad absoluta del amor.

La unión de la carne no pudiendo estar regida por una regla única, idéntica para todos los individuos, no siendo por ello sujeta a ninguna ley determinante inmutable, no debe, en consecuencia, crear deberes ni constituir derechos, si se quiere conservar al amor su completa libertad.

¿No es del último ilógico la palabra deber vinculada a la palabra amor? ¿¿No se percibe ya toda la ironía en esta frase de los libros de moral infantil: «El primer deber de un niño es amar a sus padres.»??

¿No se dice también en la moral corriente: «La madre debe amar a sus hijos; La mujer debe amar a su marido.»?

¡Derogación esas palabras! El amor, sea del orden que sea, ¿puede alguna vez ser un deber? ¿No es natural que el niño ame a la madre que lo ha criado; que la madre ame al niño que le ha costado sufrimientos y penas y que es un querido recuerdo de las caresses tiernas recibidas? ¿No es natural aún que la mujer ame al compañero elegido, al amigo que le ha hecho su vida de mujer? Si un niño no ama a su madre, si una madre no ama a sus hijos, si una mujer no ama a su compañero, ¿qué se puede hacer? Nada. Todas las sentencias de los Códigos, todas las declamaciones morales y religiosas no harán nacer el amor si no nació naturalmente.

Del mismo modo que no puede crear deberes, el amor no puede dar lugar a derechos. El derecho del marido sobre la mujer, el derecho de la mujer sobre el marido, eso es opresión; y la opresión mata el amor. El esclavo no puede amar a su maestro; sólo puede temerle y procurar agradarle.

El hecho de que una mujer haya amado a un hombre y se haya entregado a él, no debe otorgar ningún privilegio a ese hombre sobre esa mujer; ni más que el hecho de haberse entregado, deba ser para esa mujer una razón de autoridad sobre su compañero. Libres antes de conocerse, habiéndose amado libremente, el hombre y la mujer deben resultar libres de nuevo tras la unión, cuando el deseo ya no los atrae el uno hacia el otro, y cuando el amor ya no los une.

Resumiendo pues todo este estudio, concluyo así:

— El amor debe ser íntegramente libre; ninguna ley, ninguna moral debe regirlo ni someterlo en ningún sentido;
— No debe hacerse ninguna diferencia entre los sexos en lo que concierne al amor.
— Finalmente, las relaciones sexuales no deben crear entre los individuos ni obligaciones, ni deberes, ni derechos.

III
No ignoro que a primera lectura, mi teoría sobre el amor parecerá a muchas personas absolutamente inmoral. Algunas de ellas verán en ella la consagración de la depravación, la legitimidad del libertinaje, la excusa de todos los excesos.

Pero si se quiere razonar un poco, y profundizar la cuestión, se estará de acuerdo conmigo para declarar que el amor libre, lejos de ser una fuente de inmoralidad, se convertirá en el regulador natural de la moralidad.

En primer lugar, ¿qué es la inmoralidad? Para definirla conviene deshacerse otra vez del atavismo, que nos hace considerar como ley natural lo que no es sino convenciones sociales.

Para mí, la inmoralidad es todo lo que es contrario a la naturaleza; es todo lo que constriñe al individuo a reglas puramente convencionales; es todo lo que impide el desarrollo del ser humano; en nombre de consideraciones sin valor para quien quiera profundizarlas.

La inmoralidad es la prostitución — legal o no — es el celibato forzado de la mujer; es la venta del cuerpo femenino; es la sumisión de la esposa; es la mentira del marido hacia aquella a quien ya no ama. Pero el amor libre no puede ser inmoral, puesto que es una ley natural; el deseo sexual no puede ser inmoral puesto que es una necesidad natural de nuestra vida física.

Si la necesidad sexual es inmoral, entonces ya no hay inmoralidad salvo declarar inmorales el hambre, el sueño, en un término todos los fenómenos fisiológicos que rigen al cuerpo humano.

Si consideramos nuestras costumbres actuales, ¿qué fuente de inmoralidad no descubrimos en ellas? Matrimonio sin afecto donde el hombre compra una dote y la mujer una situación; adulterios de la esposa y del marido: violaciones de todo tipo, ventas carnales, mentiras de la carne y del cerebro, contratos diversos que entregan a la ignorante al viejo libertino, y a la pobre a la explotadora que especula con su hambre.

Que el amor libre se convierta en regla, ciertamente no podría haber más inmoralidad que la que existe. Habiendo admitido que la situación de fondo no cambie en esencia, tendría al menos el mérito de la franqueza en la forma.

Pero estoy convencida, yo, que el amor libre será la emancipación moral de los individuos, porque liberará a los sexos de las constricciones y servidumbres físicas.

¿Por qué creer que el individuo libre sería inmoral? No hay inmoralidad entre los animales libres. Estos no conocen ninguno de los desórdenes físicos que son el privilegio del hombre, precisamente porque no se someten a ninguna otra ley que la ley natural. Lo que crea la inmoralidad es la mentira forzada del hombre hacia los demás y hacia sí mismo; y el amor libre, al liberar al hombre del engaño, pondrá fin precisamente a los desórdenes, a los desarreglos, a la depravación.

Cuando el hombre sea completamente libre, cuando sea regenerado por una mejor educación, encontrará en sí mismo el equilibrio natural de sus facultades físicas y morales, y se convertirá en un ser normal y sano.

Además — tenemos en nosotros un instinto-sentido que vela sobre nosotros: el sentimiento de conservación. Cuando ya no tenemos hambre, ya no comemos, porque sabemos qué inconvenientes podrían resultar; cuando la marcha nos ha fatigado, tenemos el buen sentido de descansar; cuando el sueño quema nuestros párpados, sabemos bien que debemos dormir. De igual modo hallaremos el regulador natural de nuestra vida sexual en el gasto sexual mismo.

El animal obedece ese sentimiento de conservación; ¿por qué el hombre libre habría de ser inferior? No quisiera ofender a la especie humana con la hipótesis contraria.

No, el desarrollo integral del ser libre no podría ser inmoral. Lo que es verdaderamente inmoral es falsear las consciencias al falsear las verdades fundamentales de la naturaleza; es impedir al individuo vivir de modo sano y fuerte en nombre de dogmas, leyes, convenciones contrarias a la armonía y a la belleza de la vida.



Source: MujeresLibres

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